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Por Ángel Fernández
Collado representa una generación distinta dentro de la política dominicana. Una generación que entiende que gobernar no es solo administrar el poder, sino gestionar con eficiencia, transparencia y resultados visibles.
Su paso por la Alcaldía del Distrito Nacional marcó un antes y un después en la forma de manejar la ciudad. Durante su gestión se ejecutaron proyectos de recuperación de espacios públicos, ordenamiento urbano y mejoras en la limpieza y mantenimiento de la capital. Fue una administración caracterizada por un estilo cercano al ciudadano y por un enfoque práctico en la solución de problemas.
Pero quizá donde más se ha puesto a prueba su capacidad ha sido en el Ministerio de Turismo, uno de los pilares económicos del país. Tras el golpe devastador que la pandemia provocó en la industria turística mundial, la República Dominicana logró posicionarse como uno de los destinos que más rápido recuperó su flujo de visitantes.
Bajo la dirección de Collado, el país no solo recuperó turistas, sino que rompió récords históricos de llegada de visitantes, fortaleciendo la imagen internacional de la República Dominicana como un destino seguro, competitivo y atractivo.
Ese logro no es menor. El turismo representa miles de empleos, inversión extranjera y dinamismo económico para regiones completas del país, especialmente zonas como Punta Cana, Bávaro y toda la provincia La Altagracia, donde el desarrollo turístico impacta directamente la vida de miles de familias.
Otro aspecto que distingue a Collado es su estilo de liderazgo. En una época donde muchos políticos se alejan de la gente, él ha construido una imagen de funcionario accesible, presente en las comunidades y enfocado en resolver.
La República Dominicana se encuentra en un momento decisivo de su historia. El país necesita líderes que comprendan la importancia de la inversión, el desarrollo turístico, la modernización de las ciudades y la generación de oportunidades para la juventud.
Por eso, cada vez más dominicanos comienzan a ver en David Collado a un posible presidente capaz de continuar impulsando el crecimiento del país.
El futuro político dominicano todavía está por escribirse. Pero si algo parece claro es que la figura de David Collado seguirá ocupando un lugar central en esa conversación.
Porque en política, al final del día, los resultados hablan más fuerte que las promesas.
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Por Ángel Fernández
Collado representa una generación distinta dentro de la política dominicana. Una generación que entiende que gobernar no es solo administrar el poder, sino gestionar con eficiencia, transparencia y resultados visibles.
Su paso por la Alcaldía del Distrito Nacional marcó un antes y un después en la forma de manejar la ciudad. Durante su gestión se ejecutaron proyectos de recuperación de espacios públicos, ordenamiento urbano y mejoras en la limpieza y mantenimiento de la capital. Fue una administración caracterizada por un estilo cercano al ciudadano y por un enfoque práctico en la solución de problemas.
Pero quizá donde más se ha puesto a prueba su capacidad ha sido en el Ministerio de Turismo, uno de los pilares económicos del país. Tras el golpe devastador que la pandemia provocó en la industria turística mundial, la República Dominicana logró posicionarse como uno de los destinos que más rápido recuperó su flujo de visitantes.
Bajo la dirección de Collado, el país no solo recuperó turistas, sino que rompió récords históricos de llegada de visitantes, fortaleciendo la imagen internacional de la República Dominicana como un destino seguro, competitivo y atractivo.
Ese logro no es menor. El turismo representa miles de empleos, inversión extranjera y dinamismo económico para regiones completas del país, especialmente zonas como Punta Cana, Bávaro y toda la provincia La Altagracia, donde el desarrollo turístico impacta directamente la vida de miles de familias.
Otro aspecto que distingue a Collado es su estilo de liderazgo. En una época donde muchos políticos se alejan de la gente, él ha construido una imagen de funcionario accesible, presente en las comunidades y enfocado en resolver.
La República Dominicana se encuentra en un momento decisivo de su historia. El país necesita líderes que comprendan la importancia de la inversión, el desarrollo turístico, la modernización de las ciudades y la generación de oportunidades para la juventud.
Por eso, cada vez más dominicanos comienzan a ver en David Collado a un posible presidente capaz de continuar impulsando el crecimiento del país.
El futuro político dominicano todavía está por escribirse. Pero si algo parece claro es que la figura de David Collado seguirá ocupando un lugar central en esa conversación.
Porque en política, al final del día, los resultados hablan más fuerte que las promesas.
]]>Durante muchos años crecimos en un círculo vicioso de una clase política que normalizó la corrupción. A tal punto que herederos de nuestros tiempos, aquellos llamados a marcar la diferencia, lo que hicieron fue cultivarla, negar su existencia o, simplemente, no hacerle caso ni al rumor público que delata a los que llegan al poder para enriquecerse y no para servir.
Cuando se suponía que la caída de la dictadura de Trujillo sepultaría la idea de que el Estado es un patrimonio personal, el país fue repartido como un pastel de cumpleaños. Y así, desde los tiempos de Joaquín Balaguer, cuando la corrupción se paraba en la “puerta del despacho presidencial”, hasta gobiernos posteriores donde esa puerta se abrió de par en par, esa azarosa atracción por la opulencia y el robo descarado de las arcas del Estado fue consolidando una pedagogía perversa de la impunidad como norma y no como excepción.
Así se incubó una cultura que se fortaleció de gobierno a gobierno. Una cultura donde el erario dejó de verse como sagrado y pasó a entenderse como una herencia de la clase política; donde el funcionario honesto ha sido la rareza y no el estándar; donde la astucia para burlar controles se celebra más que la vocación de servicio; donde enriquecerse de la noche a la mañana y exhibir opulencia sin justificación dejó de ser motivo de sospecha y pasó a verse como símbolo de “éxito”.
Y cuando una práctica se repite sin consecuencias, con instituciones débiles y élites políticas y económicas dispuestas a mirar hacia otro lado mientras se benefician del desorden, termina por legitimarse socialmente. Porque la corrupción no solo se expresa en grandes escándalos, sino que también se filtra en la tolerancia cotidiana, en el “eso siempre ha sido así” o “todos son iguales”, sembrando la idea peligrosa de que robar desde el poder es casi una condición natural del ejercicio político.
Pero si la cultura se aprende, también puede desaprenderse. Y ahí está el verdadero punto de inflexión.
Cambiar una cultura de permisividad por una de respeto al dinero público exige algo más que discursos de “mano dura” o buenas intenciones. Requiere señales claras, sostenidas y coherentes desde el poder; instituciones que funcionen sin excepciones; sanciones ejemplares que se apliquen sin importar apellidos, relaciones o capital político, y un liderazgo dispuesto a pagar costos reales en nombre de principios.
No se trata de idealismo ingenuo, sino de comprender que cada peso malversado es una escuela que no se construye, una calle que no se arregla, una salud que no llega al enfermo, una oportunidad que se pierde. Es, sin duda, un daño directo a la calidad de vida de la gente.
Por eso, comenzar a construir una cultura de respeto al erario público implica redefinir lo que como sociedad estamos dispuestos a aceptar. Implica pasar del cinismo al compromiso, de la tolerancia al reclamo, del silencio cómplice a la exigencia activa. Ninguna transformación será sostenible si la ciudadanía se limita a observar; la presión constante, informada y vigilante es el verdadero antídoto contra la impunidad.
Claro, esta cultura perversa no cambia de la noche a la mañana, pero el proceso se acelera cuando el mensaje es inequívoco, de que robar no es normal, no es parte del juego y no será tolerado en una sociedad que aspira al desarrollo.
Y tal vez ahí radique la transformación más profunda. Cuando las instituciones se fortalecen y las normas se cumplen a cabalidad; cuando el poder deja de enseñar con el mal ejemplo y empieza, de una vez por todas, a educar con conducta, el tiempo se ocupa del resto.
En ese contexto, las señales que ha venido enviando el presidente Luis Abinader resultan, en principio, alentadoras. La narrativa de la lucha contra la corrupción y la justicia independiente, junto al fortalecimiento de ciertos mecanismos institucionales y la disposición a permitir que los procesos avancen sin interferencias políticas, apuntan en la dirección correcta.
Sin embargo, la sociedad no puede conformarse con narrativas. Debe empoderarse para exigir mensajes más firmes, reglas inequívocas y consecuencias visibles que despejen cualquier ambigüedad y consoliden la confianza ciudadana. Porque esta cultura no cambia solo cuando el poder promete, sino cuando entiende que ya no tiene permiso para fallar ni dar marcha atrás.
]]>El término “Therion” proviene del griego, therion significa bestia o animal salvaje, y anthropos, ser humano. La combinación sugiere la idea del ser humano que se percibe a sí mismo como animal.
Más allá de la etimología, el fenómeno que hoy observamos en ciertos sectores juveniles nos obliga a ir más profundo, no se trata solo de una palabra, sino de una señal cultural que merece análisis serio.
Muchos lo reducen a una moda digital. Otros optan por la burla. Sin embargo, el fenómeno, visible principalmente en adolescentes, debe entenderse dentro del contexto psicosocial de nuestra época. No es la primera vez que una generación construye códigos identitarios propios.
La adolescencia, como explicó Erik Erikson en su teoría del desarrollo psicosocial, es la etapa de la búsqueda de identidad frente a la confusión de roles. Explorar símbolos, pertenecer a grupos y ensayar identidades forma parte del proceso madurativo.
Desde una perspectiva clínica, es necesario establecer algo con claridad:, imitar animales o adoptar una identidad simbólica no constituye en sí mismo un trastorno mental. Puede tratarse de una expresión cultural amplificada por redes sociales. El problema no es el símbolo. El problema es el contexto emocional en el que surge y se sostiene.
La adolescencia es un período de reorganización neurobiológica significativa. El sistema límbico, vinculado a la emoción, madura antes que la corteza prefrontal, responsable del control racional y la regulación conductual. Esta asincronía hace que las narrativas emocionales tengan un peso mayor que los razonamientos lógicos.
Cuando un joven no logra responder quién es, cuando no encuentra pertenencia ni reconocimiento, su mente busca una narrativa que le proporcione seguridad. Y esa narrativa suele ser emocional antes que racional.
En condiciones de estabilidad afectiva y acompañamiento familiar, estas expresiones pueden ser transitorias y simbólicas. Pero en contextos de fragilidad psicosocial pueden convertirse en indicadores de vulnerabilidad. Señales como necesidad constante de atención, confusión entre identidad real y personaje digital, dificultades para relacionarse socialmente, problemas de adaptación escolar o síntomas de ansiedad y depresión ante la estigmatización merecen evaluación cuidadosa.
Aquí es donde el análisis trasciende lo individual y se vuelve político. Vivimos en una generación marcada por familias fragmentadas, padres emocionalmente agotados, sobreexposición digital, precariedad afectiva y debilitamiento de los vínculos comunitarios. A ello se suma una crisis global de salud mental que sigue siendo subestimada en las agendas públicas.
Cuando el Estado descuida la educación emocional, cuando las políticas de salud mental son marginales y cuando el debate público se limita al escarnio en redes sociales, la identidad juvenil queda librada a la intemperie. El adolescente no crea el vacío; responde a él.
La cuestión central no es si “Therion” es una moda. La pregunta más profunda es qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando miles de jóvenes necesitan redefinirse simbólicamente para sentirse fuertes, visibles o seguros.
Cuando la identidad se vuelve difusa y la autoestima se fragmenta, la mente busca algo más potente a lo cual aferrarse. En ese sentido, el fenómeno no debe ser ridiculizado ni patologizado automáticamente, sino comprendido dentro de un marco integral que combine psicología del desarrollo, análisis cultural y responsabilidad social.
Estamos ante una advertencia silenciosa. La verdadera discusión no gira en torno a la estética del comportamiento, sino al estado emocional de nuestra juventud y a la calidad de los entornos que les ofrecemos.
Más que alarmarnos, corresponde actuar, fortalecer el vínculo familiar, invertir en salud mental, promover educación emocional en las escuelas y reconstruir espacios reales de pertenencia.
Porque cuando el yo se fragmenta, no estamos ante una extravagancia juvenil. Estamos ante el reflejo de una sociedad que también necesita revisarse.
]]>Punta Cana no se ha levantado solo con inversiones, planos y maquinaria. Detrás de cada edificio, cada hotel, cada residencial y cada proyecto turístico que hoy admiramos, hay miles de manos que han trabajado día tras día bajo el sol, el polvo y la presión de los cronogramas. Comprender cómo funciona esa fuerza laboral, quiénes la integran, cómo ha evolucionado en los últimos años y qué retos enfrenta hoy el sector construcción, es fundamental para entender el verdadero rostro del desarrollo en esta región.
Durante los últimos cuatro o cinco años, Punta Cana ha vivido uno de los ciclos de construcción más intensos del país. Hoteles, apartamentos turísticos, villas, plazas comerciales, proyectos de renta corta e infraestructuras han transformado el paisaje a un ritmo acelerado. Ese crecimiento ha sido posible gracias a la combinación de inversión privada, demanda internacional, confianza en el destino y, sobre todo, disponibilidad de mano de obra.
En ese proceso, la participación de trabajadores haitianos ha sido una realidad constante, especialmente en las etapas más exigentes de la obra: movimiento de tierra, estructura, bloques, pañete y vaciados. En muchas construcciones, esa mano de obra representa una parte muy significativa del personal durante las fases iniciales.
Esto no ocurre por casualidad.
La realidad es que muchos dominicanos no se sienten atraídos por esos trabajos debido a su dureza física, a las condiciones climáticas y al nivel de exigencia. Ante esa situación, el sector ha recurrido históricamente a trabajadores extranjeros, principalmente haitianos, dispuestos a asumir esas tareas.

Gracias a ello, numerosos proyectos han podido avanzar, cumplir cronogramas y mantenerse dentro de presupuestos razonables. Sin esa fuerza laboral, gran parte del desarrollo inmobiliario del Este habría sido más lento, más costoso y, en algunos casos, inviable.
Ese es uno de los principales efectos positivos.
La mano de obra haitiana ha contribuido directamente al crecimiento de Punta Cana como destino turístico e inmobiliario. Ha permitido entregas oportunas, costos competitivos y continuidad en la ejecución de obras. También ha facilitado el desarrollo de pequeños y medianos proyectos que, sin ese soporte, difícilmente se habrían materializado.
Pero esta realidad tiene una segunda cara que no puede ignorarse.
Una parte importante de esta fuerza laboral opera en condiciones de informalidad. Muchos trabajadores no cuentan con contratos formales, seguridad social ni estabilidad. Esto los hace vulnerables y, al mismo tiempo, debilita la institucionalidad del sector.
Además, se ha creado una dependencia estructural.
Hoy, cualquier alteración significativa en la disponibilidad de esta mano de obra se traduce en retrasos, aumento de costos y conflictos operativos. Y es precisamente aquí donde entran en juego las políticas migratorias y los operativos de control.
En los últimos años, el fortalecimiento de la aplicación de las leyes migratorias y las redadas para detener a trabajadores indocumentados ha tenido un impacto directo en el sector construcción, especialmente en Punta Cana.
Cuando se intensifican estos operativos, muchas obras experimentan reducciones repentinas de personal, ausentismo masivo, retrasos en vaciados, paralización de brigadas completas y reprogramaciones forzadas. Esto afecta cronogramas, contratos y costos financieros.
No se trata de cuestionar la necesidad de aplicar la ley. Todo país soberano tiene el derecho y el deber de regular su frontera y su mercado laboral.
El problema surge cuando esa aplicación no va acompañada de mecanismos ordenados de regularización, permisos temporales de trabajo y coordinación con los sectores productivos.
En ausencia de esos mecanismos, se crea un efecto de incertidumbre permanente.
Muchos trabajadores viven con temor constante, los empleadores pierden estabilidad operativa y los proyectos se vuelven más vulnerables. En algunos casos, las obras continúan, pero con menor productividad y mayor presión sobre el personal restante.
Otro efecto negativo es la presión sobre los salarios y las condiciones laborales. La abundancia de mano de obra informal, combinada con la inseguridad migratoria, distorsiona el mercado y favorece prácticas irregulares. Esto afecta tanto a haitianos como a dominicanos.
Porque el problema no es el origen del trabajador.
El problema es la informalidad y la falta de orden.
En cuanto al trabajador dominicano, su presencia sigue siendo mayoritaria en el sector, pero se concentra principalmente en áreas técnicas, supervisión, terminaciones, electricidad, plomería, transporte y administración de obras. Muchos han optado por alejarse de los trabajos más pesados, buscando mayor estabilidad o mejores oportunidades.
Ese vacío ha sido llenado por la mano de obra extranjera.
En los últimos años, el sector ha atravesado diferentes etapas: recuperación postpandemia, expansión, prudencia financiera y desaceleración. En todos esos escenarios, la presencia haitiana se mantuvo como un componente esencial.
Esto confirma que no se trata de un fenómeno temporal, sino estructural.
La verdadera pregunta, entonces, no es si esta mano de obra debe existir. Ya existe. Ya es parte del sistema productivo.
La pregunta es: ¿cómo la organizamos?
República Dominicana necesita avanzar hacia un modelo donde:
Al mismo tiempo, es necesario incentivar a más dominicanos a integrarse al sector con mejores condiciones, estabilidad y proyección profesional.
La construcción no puede seguir siendo vista como un empleo sin futuro. Es una industria estratégica para el desarrollo nacional.
En Punta Cana, esto es aún más evidente.
Cada apartamento, cada villa, cada hotel y cada plaza representa inversión, turismo, empleo y reputación país. Pero también representa responsabilidad.
Responsabilidad con los trabajadores. Responsabilidad con los inversionistas. Responsabilidad con el desarrollo sostenible.
El crecimiento no puede construirse sobre improvisación.
Debe construirse sobre orden, legalidad y visión.
La mano de obra haitiana ha sido, y sigue siendo, una pieza clave del desarrollo inmobiliario del Este. Negarlo es desconocer la realidad. Pero convertir esa realidad en un sistema formal, humano y eficiente es el gran reto pendiente.
Si logramos ese equilibrio, el sector seguirá creciendo con solidez.
Si no, seguiremos avanzando… pero sobre terreno inestable. Y en bienes raíces, todos sabemos lo que ocurre cuando se construye sobre bases débiles.
]]>Resulta curioso que quienes más repiten esta farsa, en muchos casos, son empresarios foráneos que se asientan en países como el nuestro y encuentran en la mano de obra haitiana ilegal un negocio redondo. Mano de obra sin derechos, sin voz, sin capacidad de reclamar; mano de obra barata, vulnerable y reemplazable.
Basta darse una vuelta por ciertos establecimientos de extranjeros asiáticos, convertidos en verdaderas cuevas humanas, donde se ha denunciado que se hacinan trabajadores haitianos ilegales a los que se les paga tres pesos, aprovechándose de su desesperación por sobrevivir lejos de una tierra natal que se les cae a pedazos. Allí no hay respeto, ni horarios, ni seguridad social. Solo necesidad convertida en ganancia.
No les basta las ventajas que les brinda el Estado dominicano en detrimento del empresariado y emprendedores locales.
Lo mismo ocurre en el sector construcción, donde se levantan decenas de torres que embellecen la ciudad mientras se sostiene el discurso de que “el dominicano no le gusta trabajar”. O en la agricultura, donde, por igual, muchos prefieren la mano de obra ilegal, porque sale más barata, no protesta y no exige.
Pero el problema nunca ha sido la falta de voluntad del dominicano para trabajar. El problema es la falta de voluntad para pagar lo justo, para ofrecer condiciones humanas o para cumplir la ley.
El dominicano trabaja duro, dentro y fuera de su país. Lo demuestra en cada comunidad dominicana en el exterior, donde es reconocido por su esfuerzo y responsabilidad. Lo demuestra aquí, aun cuando no se le ofrece un salario digno, seguridad y respeto.
Sin embargo, como si se tratara de bajarle línea al presidente de la República, Luis Abinader, por los decretos que designaba a nuevos funcionarios, Pacheco perdió el norte de la prudencia, esa virtud de actuar con sensatez, cautela y buen juicio, discerniendo lo bueno y lo malo para elegir el mejor curso de acción, evitando riesgos innecesarios y considerando las consecuencias.
Lo ocurrido en la Cámara de Diputados no fue un debate legislativo ni una diferencia doctrinaria sobre políticas públicas. Fue, más bien, una confrontación directa con el jefe de Estado a propósito de designaciones que el propio Pacheco descalificó bajo el argumento de que los escogidos no representan al “verdadero” perremeísmo, sino que son unos “arribistas” que “están en todos los gobiernos”. Una postura que, llevada al hemiciclo, desnaturaliza el rol del Congreso y confunde el ejercicio del poder con la lógica de parcela partidaria.
Aunque en nuestra cultura política persistan confusiones de ese tipo, las instituciones del Estado no pertenecen a ningún partido ni a corrientes internas. Mucho menos pueden convertirse en escenario de reclamos que encuentran mejor cauce en los espacios orgánicos de una organización política. El Congreso Nacional está llamado a legislar, fiscalizar y representar, no a canalizar inconformidades internas ni a escenificar disputas por posiciones de poder.
Disentir es legítimo. La democracia se nutre del contraste de ideas. Pero no toda discrepancia es responsable cuando se ejerce sin sentido de prudencia ni conciencia institucional.
La reacción de Pacheco no es un gesto aislado ni una postura ingenua. En política, pocas cosas son espontáneas, y menos aún cuando provienen de dirigentes con experiencia, olfato y ambiciones conocidas. Colocarse como “voz crítica” puede ser una estrategia válida dentro de un partido, pero se vuelve riesgosa cuando se construye a costa de la estabilidad institucional y de la percepción de unidad del Estado.
La prudencia, aunque silenciosa, suele ser la forma más elevada de sabiduría política. Y en tiempos de desafíos nacionales, el país necesita menos estridencia y más responsabilidad. Menos gestos calculados y más compromiso con el interés de la nación.
]]>No fue un político cualquiera. Fue una figura de esas que definen una época. El liderazgo de Amable no se construyó con discursos bonitos ni estrategias de gabinete, sino caminando tierra adentro, entendiendo el pulso social y conectando con el “hombre de a pie”. Por eso unos lo llamaban Cacique. No por capricho, sino porque ejercía un tipo de poder tradicional, paternalista, pero efectivo para muchos. Un cacique moderno que supo administrar favores, influencias y cercanía como moneda de gobernabilidad.
Su muerte dejó algo más que un puesto vacío; dejó un hueco emocional. La política de hoy, acelerada, fría y mediática, no tiene ese tacto humano que él dominaba. A Amable no lo entendías por Twitter, lo entendías viéndolo en una misa, en una calle, en un velorio o en una feria patronal. Esa identidad política territorial ya casi no existe.
Se le puede cuestionar mucho. Se le cuestionó mucho. Pero su figura marcó un estilo de gestión donde la autoridad no se imponía por imposición formal, sino por legitimidad cultural. Era parte del ADN del pueblo. Cuando figuras así se van, uno no solo pierde al hombre: pierde también un modelo social.
Tres años después, sigue siendo evidente que su partida dejó dispersión, competencia cruda y un liderazgo fragmentado. El pueblo lo siente, aunque no lo diga: no es fácil llenar ese vacío.
Recordarlo hoy es más que echar flores. Es preguntarnos qué tipo de dirigentes estamos formando. ¿Sin rostro? ¿Sin arraigo? ¿Sin compromiso real con la comunidad? Amable, para bien o para mal, representó lo contrario: una presencia palpable, un estilo de poder personalizado que conectaba con las necesidades de la gente.
Su ausencia aún pesa. Para algunos fue polémico, para otros fue benefactor, pero para Higüey fue historia viva. Y cuando la historia camina, se acerca y te habla por tu nombre, no se olvida tan rápido.
A tres años de su muerte, el cacique sigue presente porque, guste o no, encarnó una forma de política que dejó huella. Y las huellas, cuando se imprimen en la cultura del pueblo, no desaparecen con el tiempo… se convierten en memoria colectiva.
Lo cierto es que mientras Higüey siga buscando liderazgo, alguien seguirá pronunciando su nombre, aunque sea en voz baja. Porque los caciques no mueren del todo. Se instalan donde no se puede borrar: en la memoria popular.
]]>En los últimos meses, llueven las quejas por las actuaciones del Ministerio de Medio Ambiente y el Senpa, el cual es un cuerpo militar que asiste a este Ministerio en la Persecución de delitos medioambientales.
Se habla de excesos, abusos de autoridad, maltratos a personas e incautaciones de equipos de forma irregular.
Los informes dan cuenta, que estas acciones son dirigidas por la Dirección de Fiscalización de ese Ministerio y que este organismo actúa a sus anchas sin que sus acciones cuenten necesariamente con el visto bueno del Ministro el Sr. Paino Henriquez.
Lo cierto es, que el Señor Director de Fiscalización, al parecer responde a intereses ajenos al Ministerio al cual representa y que esa situacion ha afectado de manera directa la Gestíon de Paino Henriquez en el referido Ministerio.
Esperamos que esta situacion pueda ser superada en el menor tiempo posible para que los proyectos que estan siendo afectados, sobre todo en la Zona Turística de Punta Cana, puedan seguir su ritmo normal y sigan contribuyendo al fortalecimiento y crecimiento del Pais, en momentos en que por múltiples razones la economía en general, esta siendo sensiblemente afectada.
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